Indices de lectura en Colombia

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Estrategia del municipio de Medellín para estimular asistencia a bibliotecas públicas / Cortesía Hans Thomas 

2. Bogotá: la ciudad donde más se leen estadísticas

En Septiembre de 2011, en una mesa redonda de la feria del libro y la cultura de Medellín, Germán Rey, sicólogo y analista del Observatorio de Medios de la Universidad Javeriana, soltó una bomba estadística con los datos de las últimas mediciones de lectura de Colombia. Según sus datos, Colombia es un país con la mitad de su población oscilando entre los 20 y 35 años (población calculada en cuarenta y cuatro millones), y esos jóvenes no están leyendo prensa escrita, y los que vienen, no la volverán a leer, porque desde el año 2000 los consumos de prensa escrita y de revistas no aparecen entre los consumos culturales de 12 a 20 años, ni como hábito, ni como interés.  En doce años de seguimiento de lo que ocurre con la lectura, las conclusiones parecen muy alentadoras: “Entre el año 2000 y 2010 la lectura de libros en Colombia se desplomó 30%. No creció nada la lectura de periódicos y revistas. Y lo único que aumentó en Colombia fue la lectura en Internet (que se duplicó en todo el país y se triplicó en Bogotá).” Luego, encimó un par de datos para etnógrafos: la ciudad donde hay más lectores de Internet es Medellín, Cartagena es la ciudad en donde más se leen libros religiosos, Cali es la ciudad donde más se leen libros esotéricos, y Medellín es la ciudad donde más se leen libros de autosuperación.
Tratemos, entonces, de interrogar esa perla estadística.

1. ¿Qué nos hizo internet?
2. ¿Por qué los estudiantes universitarios sólo leen apuntes y fotocopias?
3. ¿Qué influencia real tiene la prensa escrita en un país que no la lee?
4. ¿Por qué lo que más leen los cartageneros son libros religiosos, los caleños libros esotéricos y los paisas superación personal?
5. ¿Es posible un crecimiento de la edición tradicional en una idiosincrasia donde los contenidos tienden a valer cero?

1. Internet irrumpió en el atraso comunicativo de Colombia, y ha crecido con una fuerza inusitada en el último lustro. Al finalizar el tercer trimestre de 2011, el gobierno reportó que el país había alcanzado un total de 3.220.948 suscriptores a Internet fijo, de los cuales 2.860.599 son suscriptores a internet de Banda Ancha:
“Las ciudades capitales del país que al término del tercer trimestre de 2011 concentran el 57.37% de los accesos dedicados fijos a Internet son: Bogotá D.C., Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga, continuando esta última como la ciudad capital del país con el mayor índice de penetración de accesos fijos dedicados con el 16.42%. El ranking de penetración de los suscriptores dedicados de los 100 primeros municipios del país conforme con las cifras presentadas por los proveedores de redes y servicios, para el tercer trimestre de 2011, muestra al municipio de Sabaneta (Antioquia), al igual que en el trimestre anterior ocupando el primer puesto a nivel nacional con un porcentaje de penetración del 22.94%. Este porcentaje continua siendo más alto que el índice de penetración total de municipios con acceso a Internet dedicado que es del 6.95% para el tercer trimestre de 2011, el cual presentó un crecimiento con respecto del segundo trimestre de 2011 el cual se ubicó en 6.57%.”
Parece enorme, el crecimiento, ¿no? Pues no. Porque es ridículo: las cifras muestran la vigencia aplastante del centralismo: las ciudades crecen tímidamente (a millón cada dos años), pero la provincia no figura en la conexión. La verdad es que sólo el 7% de la población tiene acceso a banda ancha. Y eso significa, para un país con 44 millones de habitantes, que el acceso a internet no se ha universalizado. En las grandes urbes no hay burbujas wifi, y en provincia, un computador se lo turnan 20 personas para: a. entrar a Fecebook; b. ver porno (tan voyer como entrar al Face), 3. Entrar en twitter. 4. Buscar marido. 5. Montar fotos porno en blog 6. Subir videos a culioneros punto com. 7. Amplificar lo que dice la t.v. Etc.

Hasta aquí la primera cuestión sigue en pie ¿qué nos hizo internet? Internet rompió las secuencias de tiempo y espacio con que la gente se informaba. El internauta decide cómo, dónde, cuándo y qué leer, además del formato. La supremacía del periódico era la supremacía del formato. La supremacía de la televisión se amparaba en el monopolio del medio y la pasividad de la interacción. En internet puedes elegir a quién crees, cuándo lo ves o cuándo lo lees; en internet puedes participar activamente y cortar lo que te parece importante y descartar el resto; puedes derrumbar las fronteras de la propiedad económica; también de la intelectual. El crecimiento de internet se debe a esa generación de transición (la mitad del país entre 15-35 años) que se amolda poco a poco a las lógicas hipertextuales y a la hipermedia. Los nativos digitales de Colombia (aquí un saludo para los treintañeros) son sólo los nacidos desde el año 1998 en adelante, cuando internet empezó a ser un chisme a voces entre los estratos populares (en los noventas sólo fue una moda snob entre las generaciones setenteras y ochenteras de clase media alta). Hacia el año 2000 empezó a llevarse el servicio de internet domiciliario con la aparición de las primeras empresas que la ofrecían  como servicio.

¿Por qué los estudiantes universitarios sólo leen apuntes y fotocopias?

En agosto de 2012, al finalizar las olimpiadas de Londres, cuyos dioses favorecieron a los atletas colombianos con ocho medallas, la euforia de marras hizo que el instituto nacional de deporte, Coldeportes, reclamara en micrófonos quince mil millones de pesos de presupuesto que le fue arrebatado hace ocho años para ser trasladado a la dotación de bibliotecas públicas. Los argumentos que aparecieron en la prensa pretendían invalidar el bajo impacto social y cultural de la lectura frente a la cultura deportiva que hacía furor en los micrófonos de lerdos comentaristas deportivos. El dato coincidió con un estudio adelantado por Colciencias y 17 universidades “¿Para qué se lee y se escribe en la universidad colombiana?” por medio del cual se determinó que:
“Los apuntes propios son el texto más leído, en el 82 por ciento de los casos, seguido por el material docente, con el 80 por ciento, y las páginas web o blogs, con el 78 por ciento. Un 72 por ciento lee libros o capítulos propios de la carrera; menos del 30 por ciento lee literatura y menos del 40 por ciento informes de investigación y artículos científicos.”
Si es así, se preguntaban los comentaristas radiales, al día siguiente, si ni siquiera los universitarios leen, ¿para qué entonces la plata invertida en bibliotecas públicas?

Una equivalencia de tal sofisma podría aplicarse a la democracia: si Colombia se rige por tratados y leyes de potencias extranjeras, ¿para qué tenemos gobierno nacional? O a las iglesias: ¿Si Dios es partidario del asesinato y del hambre, para qué templos? O podemos devolvérsela al deporte: ¿Si en las olimpiadas de Río de Janeiro 2016 Colombia no consigue ni una triste medalla de cobre, ¿para qué polideportivos y villas olímpicas? Y entonces los quince mil millones bien pueden probar suerte en los paraolímpicos, o en los ancianatos, o en las porristas que hayan ganado el último mundial de pompones y  tanga mordida. El impacto social de una biblioteca pública no puede medirse en un lustro, ni el objetivo de la misma es formar lectores (de la misma forma que el hecho de perder medallas no debe decidir si se dejan de construir parques deportivos, porque el gobierno debe asignar recursos suficientes para todos: el capital social y la cultura, si pretende, claro, que algún día dejemos de matarnos como perros bravos y hambrientos).
A los lectores (los niveles de lectura) los forma la educación, la exigua que ofrece el gobierno (que debería ser excelsa, universal y gratuita como exige la constitución) y la que la gente puede procurarse según sus medios. El objetivo de las bibliotecas es salvaguardar el acervo intelectual de la sociedad, cuidarlo, organizarlo, actualizarlo y ponerlo a disposición de todos los ciudadanos para contribuir a su formación. Si los universitarios, la clase privilegiada de Colombia, sufre de analfabetismo funcional (escasamente tiene la capacidad de leer pero no desarrolla niveles) y parasita, los motivos deben buscarse en todos los eslabones del sistema educativo, no en las bibliotecas.

¿Qué influencia real tiene la prensa escrita en un país que no la lee?

Ninguna. Al menos para el ciudadano común y silvestre.
Y toda. Al menos en lo que concierne al poderoso.
¿Ambivalencia o contradicción?
Lo explico: Álvaro Gómez Hurtado, un oligarca conservador de magnífico cinismo, asesinado en 1995, dijo, cuando fue director del periódico El Siglo y le preguntaban qué era un periódico influyente: “un periódico con mucha opinión, con buenos artículos, con el 90% de publicidad, pero de un solo ejemplar, que es el que lee el presidente de la república”.
Es decir que un periódico no es influyente por su tiraje, ni por sus compradores, sino por quién tiene el dinero para pautar y por la élite reducida y poderosa a quien está dirigido. De manera que la capacidad de influir sobre las decisiones se dirime entre gente con poder, no entre la opinión pública, que es un embeleco (como la objetividad, que es un simulacro.) Por eso Luis Carlos Sarmiento Angulo, el corsario mayor de la banca colombiana, acaba de comprarle un pasquín como el diario El Tiempo al grupo Planeta. Para mandar.

¿Por qué lo que más leen los cartageneros son libros religiosos, los caleños libros esotéricos y los paisas superación personal?

Antes, hay que ver lo que NO significa esa estadística: no significa que todos los cartageneros lean libros religiosos, ni que todos los caleños lean libros esotéricos, ni que todos los paisas lean superación personal. La moda (el dato que más se repite en una progresión estadística) dice que: entre los ciudadanos encuestados, aquellos que leen libros, la mayoría lee libros de tal tipo, etc. ¿Y quiénes fueron los ciudadanos encuestados? De no ser porque en Cartagena y el Caribe colombiano los costeños ven admoniciones de la virgen en caparazones de tortugas, cristos crucificados en alas de mariposas, estatuas que lloran sangre y reparten milagros; si no fuera porque un pastor evangélico recaudó un diezmo por cinco años para comprar el templo y una vez comprado cerró el templo y se traspasó la titularidad del mismo, si no fuera porque un alcalde en Córdoba por pertenecer a una secta evangélica mandó tumbar la estatua de la virgen y el pueblo se le fue encima “porque eligieron nuevo alcalde y no una nueva religión”, si no fuera porque Cartagena es la ciudad más desigual de Colombia, donde tienen casa vacacional las élites y una coca-cola vale 5 dólares, mientras los cinturones de pobreza aprietan la pelvis tras la muralla, y si no fuera porque aquello que más prolifera en sociedades pobres y desesperadas es la religión y los juegos de azar, el dato parecería simple: porque hay más iglesias y librerías católicas/paganas (que es donde compran y por orden de quién leen los encuestados).

Y si la inclinación por lo esotérico no está relacionada con la mayoría de una población afroamericana como la que puebla Cali (y sus atavismos), y si la superación personal no está vinculada con la  sublimación de la riqueza y la apariencia de la sociedad antioqueña, tomada como la única forma de ascenso social, lo que queda, es hacer un inventario de librerías y de las ofertas que publicitan las librerías en sus vidrieras, porque a los encuestados no suele preguntarse qué están leyendo, sino: ¿qué han comprado? Y no es lo mismo saber lo que la gente está leyendo, que lo que la gente compra.

¿Es posible el crecimiento de la edición tradicional en un país donde los contenidos tienden a valer cero?

La edición tradicional que aspira a hacerse industrial está desahuciada (en medio mundo) mientras no articule las tecnologías de la información (TICS) al oficio. Las comunidades pequeñas de lectores son más viables que la tendencia multitudinaria (cultura mainstream). En un futuro en que los contenidos tiendan a cero, por el libre acceso, por el copyleft, por las plataformas de almacenamiento en nube, porque la penalización de descargas estimula la transgresión, por la ruptura del canal de venta del libro, por el fin de los intermediadores (agentes, distribuidores, libreros) entre el autor y el lector final, porque no voy a pagar 10 dólares por un libro que me puedo descargar gratis en genio maligno, o en epub gratis punto es, o en biblioteka org, o en biblioteca ignoria blogspot, y porque el lector de libro físico será casi un dinosaurio en extinción (o extinto) las editoras tal y como las imaginamos hoy no podrán ser negocio, y si no son negocio, como las tejedoras de crinolinas, como los barberos ante Gillette, como los timoneles de dirigibles, como los copistas de scriptorium, como los chepitos ante los sicarios, como los defensores del lector en periódicos, como la prensa misma, desaparecerán.
-¿Apocalíptico o integrado, don?
-Integrado apocalíticamente, man.

(Continúa...)

Fuentes y notas:

Estas cifras de crecimiento de consumo de internet las hace el departamento de estadística (Dane), pero están desglosadas en colombiadigital.net  

Encuesta Consumos culturales en Colombia, DANE 2010 [Ver tiempo libre: periódicos y libros]

¿Para qué se lee y se escribe en la universidad colombiana?

Análisis para qué se lee y se escribe en la Universidad Colombiana, Graciela Uribe Alvarez Universidad Javeriana

Debate, lectura en Colombia, El Tiempo

"La proporción  de colombianos en  edad  de trabajar que afirman  leer habitualmente
cayó de 67,9% en 2000 a 65,9% en 2005. Este resultado debe ser evaluado con precaución,
pues la expresión lectura  habitual no  cuenta con una definición  en los manuales utilizados
por los encuestadores en  2000  y  2005. De esta manera, la interpretación  de este término 
depende de la subjetividad del encuestado, lo cual dificulta la interpretación de las estadísticas
resultantes sobre lectura habitual. No  obstante lo  anterior, a continuación  revisamos
respuestas derivadas de la pregunta “¿Qué lee habitualmente?”. Según  esta indagación, el
número de personas que manifestó no leer habitualmente aumentó de 28,6% a 31,1% de la
PET. Entre tanto, los encuestados que indicaron la opción  no sabe leer cayeron  de 2,9% a
2,7% de la PET en el mismo lapso."

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