- marzo 06, 2015
- 0 Comments
Es solo una historia híbrida, perdida en el archivo de la computadora y recobrada como el fragmento de un espejo roto hace mucho tiempo cuando se cruzó el día de muertos con el crimen atroz de Atyozinapa. En Confabulario, México.
![]() |
| Fuente |
- diciembre 01, 2014
- 0 Comments
Mientras continúa la serie sobre destinos cruzados, los invito a leer en Revista Corónica
- julio 16, 2012
- 0 Comments
Sí, otra revista latinoamericana. La diferencia es que también aspira a ser la mejor, y empezó con pasos de animal grande: signo del toro (Tauro). Además la selección de textos está de lujo y valga anotar que, entre otras cosas, me han pagado mil dólares para diseñarla y salió inspirada: barroca y surreal.
Crónica, Ficción, Cocina, Ensayo, Cine.
Dicen que pondrán textos relevantes, y que no se vende por todo el oro del mundo, pero sí por todo el sexo. Cursis. La cursilería, anotó Monsiváis, es cuando la elegancia está sobreactuada. Pero la primera entrega va muy bien: un peso pluma apalea a un peso pesado: Naipaul es un de esos premios Nobel que nos hace preguntar si lo premiaron a él cómo no premiaron a Borges, o cómo fue que premiaron a Naipaul y a Golding estando vivo Bernhard, o porqué a Naipaul y Churchill si Kafka y Joyce... etc.
Hay un ensayo sobre el libro de ensayo más importante que se ha publicado en años por este lado del mundo: El arte de perdurar de Hugo Hiriart. Hay una película tan maravillosa como las de Godard que sólo las entendía Susan Sontag: la proeza radica en que fue creada para romper los circuitos de circulación audiovisual. Hay un reportaje de antología que recomendé al consejo editor La noche que cazaron a Haroldo Conti, del autor abajo reseñado. Hay un cuento del Robert Walser colombiano. Y bueno, prometen que habrá muchas tetas. Sólo por eso vale la pena dar clic para verla:
- mayo 05, 2012
- 0 Comments
- octubre 22, 2011
- 1 Comments
- agosto 11, 2011
- 0 Comments
Crónica en Elmagazin
![]() |
| Tomada de http://arboldetintalibros.wordpress.com/ Nombre: Alejandro Torres. Profesión: Librero. Localización: Centro Cultural de Libro, Bogotá. |
- agosto 17, 2010
- 4 Comments
Crónica en Revista Arcadia.
La serie Cendrars impidió hacer el teaser, pero aquí está: una crónica sobre la visita de Vila-Matas a Bogotá el 4 de Julio de 2010. Tiene un error de miopía que me advirtió un comentarista: "Dublinesca se publicó en Seix Barral, lo que es conocido hoy como traición Vila-Matas". Hubo varias reacciones, entre otras de Oscar Collazos, que hizo llegar esta precisión vía mail:
La serie Cendrars impidió hacer el teaser, pero aquí está: una crónica sobre la visita de Vila-Matas a Bogotá el 4 de Julio de 2010. Tiene un error de miopía que me advirtió un comentarista: "Dublinesca se publicó en Seix Barral, lo que es conocido hoy como traición Vila-Matas". Hubo varias reacciones, entre otras de Oscar Collazos, que hizo llegar esta precisión vía mail:
Para no añadir más confusión a un episodio leído de oídas, te enmiendo amablemente la plana. Dices: "Óscar Collazos. Coñazos, lo llamaron a mediados de los 70s del siglo pasado cuando se enfrentó a Cortázar en una correspondencia polémica donde arrostraba al argentino por seguir fiel a la revolución cubana. " Me halaga saber que se sigue hablando de esa "polémica" que ahora tiene 41 años ( arrancó con un ensayo mío publicado en Marcha, de Montevideo, en agosto de 1969; Siglo XXI publicó el libro con los textos de Julio y Vargas Llosa en 1970), pero tengo que aclararte que no fue por lo que dices (leíste otra vez de oídas). Yo era entonces director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, de La Habana y no podía pedirle a Cortázar más "fidelidad" porque no había entonces escritor latinoamericano más fiel a Fidel que este enorme escritor argentino. Fueron otros los motivos de esa polémica no buscada: mi espontaneismo "revolucionario", mis malas lecturas de Sociología de la Literatura, mi juventud (que no excusa nada: " a los 20 años se piensa profundamente y mal", escribió Jules Renard), la ingenua creencia de que era posible conciliar los temas de la literatura con las ideas de los escritores, una limitada concepción de la realidad y una confianza excesiva en los poderes socialmente curativos de la literatura. Fue una "polémica" de época, por eso no espero que la de ahora la lea o la cite correctamente. Cortázar se refiere a ella en la pág. 313 de "Papeles inesperados".Y bueno, Vila-Matas perdió el libro, pero parece que lo recuperará.
- agosto 04, 2010
- 5 Comments
Los que me odian me llaman “el loco”. Los que me aman, me llaman “el marihuano”. Para los demás soy “el hermano del doctor”, en alusión al dueño de toda esta tierra, que es mi hermano.
¿Mi nombre? Tengo muchos. No importa ninguno. Soy un contemporáneo. ¿Qué significa ser contemporáneo? Estar vivo. ¿Amigos? No tengo amigos. ¿Colegas? No tengo colegas. Collegas viene de colligare, ligar, pichar, al mismo tiempo. A la generación de artistas de la que provengo la pulverizaron en la gestión. Sólo hicimos una exposición en conjunto: el salón de artistas del año 82. Recuerdo que García Márquez acababa de ganar el premio Nobel. Yo expuse una mesa una abstracción de su obra a elementos metafóricos. Sobre la mesa, un libro; y sobre el libro, unas guayabas pichas. El libro, por su puesto era la primera edición de Cien años de soledad, sudamericana editorial, con un galeón en medio de la selva. Estaba fijado a la mesa con remaches. Quien se acercara y abriera el libro, por simple curiosidad, se encontraría no con la historia de Úrsula Iguarán, sino con fotos pornográficas. Era una instalación. Mezcla de escultura y pintura. Acción. Arte vivo. Detrás de la mesa, un enjambre de mariposas en cartón. Amarillas, por más señas. Y entonces fue el escándalo: “¡pero si acaban de darle el premio Nobel, apátrida!”.
¡Pues por eso!
Mi vecino expuso un andamio de ladrillos. A su debido tiempo, cuando ya la sala estaba llena, empezó a arrojarlos sobre los visitantes. Fin del salón: todos los artistas encarcelados. La obra, muerta. Tuvimos que enterrarla. Al salir de la cárcel, hicimos una ceremonia con música de Vangelis y la enterramos en el Museo de la Casa Custodio García Rovira. Uno de los artistas, fue enterrado vivo. Cuando empezó a faltarle el aire, tuvimos que sacarlo y llevarlo al hospital, y así acabó la ceremonia, y quedó enterrado el arte. Aun espera el curador que abra la tumba y lo rescate.
Yo no soy un pionero. Soy el primer y último artista de esta familia. Ellos me llaman “el loco”. Tengo por mascota diez caracolas. El viernes hubo fiesta. Sacaron mis caracolas y les echaron aguardiente. Me emputé. ¡Respeten mis caracolas! ¡Con mis caracolas no se metan, hijueputas! “Ya viene el loco”. “¡El loco cuidando sus caracolas!”. Les tiré la mesa y las botellas de Whisky se volvieron trozos. Después del show, ya no se metieron más con mis caracolas.
Tuve tres esposas, pero ningún hijo. El día que tuviera un hijo, hubiera dejado de ser artista: todo mi dinero sería para alimentarlo.
¿Por qué no me fui? Mi problema no fue geográfico. El medio es hostil. Colombia no tiene público para el arte. Demasiada hambre. A la gente le basta con un sueldo y un hueco caliente para meter la verga. Pero el problema no está en la falta de arte, está en los artistas. ¿Dónde están los artistas? Haciendo esculturas y conciertos para el gobierno.
Mi lastre es doble: por un lado, tener éste apellido hizo que mis compañeros de generación me tuvieran tirria. ¿Cómo podía ser un verdadero revolucionario y un verdadero artista con ese apellido?
Y el lastre de mi familia: ¿qué crimen cometieron para tener un hijo así?
Yo me encierro. Si no quiero hacer nada, no hago nada. Si quiero guadañar, salgo a guadañar. Si quiero barrer, salgo a barrer. Si me quiero encerrar en el taller, me encierro. Todos sospechan de mí. ¿Qué leerá? ¿Qué fumará? ¿Todo el día encerrado? Eso es que debe ser marihuanero… Culpa de la fama. ¿Cuál es la interpretación de una obra? ¿Quién puede decir qué es arte, o qué no lo es?
(Se emborracha en una tienda, a orillas de la carretera polvorienta que conduce a la cárcel de Palogordo, en Piedecuesta, Santander; dice que trabaja en una obra sobre los objetos de la infancia. La veo. Es monumental. Cuadros de dos metros por 1.50 cm. Me acuerda de Neruda: ¿Es verdad que se prepara la insurrección de los chalecos? ¿Por qué otra vez la Primavera ofrece sus vestidos verdes? ¿Trabajan la sal y el azúcar construyendo una torre blanca? ¿Es verdad que en el hormiguero los sueños son obligatorios?–Más en: Libro de las preguntas-).
- mayo 19, 2010
- 0 Comments
Corría el año 1950, en Turín, a la que llamaban Torino. Una ciudad obrera y clasista del norte de Italia que vivía de las glorias medievales y de su Erasmo de Rotterdam y de sus escarpadas colinas adyacentes y que lucía orgullosa boquetes en las fachadas de piedra por los últimos bombardeos de la Segunda Guerra. En uno de esos edificios de cinco pisos, visto uno visto todos, situado en la vía Corso Rey Humberto, en la misma calle donde quedaba la Editorial Einaudi en que trabajaba y el café Platti donde bebía tinto negro, había un hotel llamado Roma. Allí llegó Cesar Pavese y se registró el sábado 26 de Agosto. No tenía por qué registrarse en un hotel, puesto que vivía en Turín, y en la vía Po tenía su domicilio, pero tomó una habitación, la 408, y se dispuso a pasar allí la noche. Era una noche como pocas: por primera vez en muchos años acababa de reconocerse su obra en el resto de Italia: un premio prestigioso lo esperaba en Roma, el Strega, pero nunca iría a recogerlo, y las estrellas brillaban. Miento. Sí fue a recogerlo: a una Roma simbolizada en el nombre de aquel hotel donde las únicas estrellas que brillaban eran las tres titilantes del letrero en la entrada: Albergo Roma. Había ido allí para suicidarse. Lo malo es que al sentarse sobre el colchón, se halló sin nada por hacer. ¿Afeitarse?, como después de dos meses de cárcel en el cuarto de un hotel y afuera el mar... Ya no había mar. Ya no quería afeitarse. Quería que una diosa lo honrara con su lecho. Hundirse en la vagina de una mujer. ¿Pero cuál diosa, cuál mujer, a quién llamar? Tomó el teléfono y lo sostuvo entre los dedos. ¿A Bianca? ¿A Constance Blowing? ¿A Circe? ¿A Mnemósine? ¿Amadríade? ¿Aglaye? ¿Hegemona? ¿Faenna? Sostuvo el auricular y las llamó a todas. Pero las ninfas encabezadas por Leucótea esta vez no acudieron a la voz del sátiro. Ninguna quiso ir a compartir con él su triunfo y todas se excusaron con la misma frase: también a ti te dejaremos plantado cuando trates de matarte. ¿Qué más hacer? ¿Comer? Llevaba cinco días sin comer, desganado, vigilado de cerca por el ojo avizor de su hermano, que le rondaba, que expiaba sus papeles, que sospechaba de su depresión, que se temía algo. No podía ni quería comer. ¿Beber? Los niños jamás se emborrachan, porque no conocen la tragedia. ¿Trabajar? Trabajar cansa. Tampoco podía escribir, puesto que tenía la maña de cumplir como un programa todo lo que se proponía en su diario, el cual funcionaba para él como hoja de ruta, y en la última entrada, fechada el 17 de agosto, había inscrito: “Todo da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más.” Un gesto. ¿Qué gesto? Uno elocuente, que valiera por todo lo que debe decir y balbucir un hombre para ser entendido. Nunca pudo ser entendido, puesto que nunca pudo hacerse entender. Sufría de timidez congénita. No hablaba. Quedaba pálido cuando un desconocido le hablaba. Eso al menos es lo poco que contaron después de muerto sus compañeros de la editorial. Que sentado en el escritorio, frente a un desconocido que venía a proponerle un libro, su silencio tenía interpretaciones múltiples, pero obedecía más a la timidez que al despotismo. Diez años antes, cuando apenas empezaba, cuando casi no le pagaban nada por sus traducciones del inglés “pero él hubiera pagado incluso para que lo dejaran traducir Moby Dick”, se ponía pálido y no era capaz de articular ideas lógicas. Diez años después, simplemente callaba, veía la cara balbuciente del poeta en ciernes y su tímido silencio bastaba para arruinar una carrera o para que el pelagato se dedicara al alcohol. Su silencio, que empezó como timidez, y que terminó por ser entendido como una soberbia, como un hálito de superioridad, incluso por él que ya no quiso recibir más aspirantes a escritor y los despachaba por teléfono diciendo “ya no necesitamos más ideas, aquí tenemos demasiadas”. Ni él mismo se entendía. Algo que no tenía, era ínfulas, porque siempre se sintió miserable, incómodo consigo mismo, desencantado de su propia vida, perdedor. ¿Pero perdedor de qué, poeta? Si en la vida no se trata de ganar ni de perder. De modo que allí estaba, ni ganador ni perdedor, simplemente aburrido, en un cuarto de hotel, sin nada que hacer, acobardado, el perdedor de coños, el perdedor de nada. Solo. Con un tubo de somníferos del que repasaba en la etiqueta la prescripción: “una tableta media hora antes de acostarse”. Abrió el tubo y vació un puñado en la palma de su mano. Empezó a lanzarlas al aire y a pescarlas con la boca igual que las cerezas que recogía en los paseos de montaña y que embutía en los bolsillos y se iba comiendo de bajada, una a una, disparando el hueso final contra las paredes de piedra de Turín, como un escupitajo. Las primeras diez, del primer tubo, las tragó por el viejo método, pero los cinco tubos restantes se los tragó en un puñado. Fue a la palangana y bebió un vaso y luego abrió Diálogos con Leucó y anotó en la primera página: “perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagan demasiados comentarios”.
El camarero lo encontró al día siguiente, después de golpear largo rato y no hallar respuesta. Estaba pulcramente vestido, dijo, pero descalzo, en el centro de la cama.
- octubre 18, 2009
- 2 Comments
![]() |
| Wendy Guerra como Carla Brunni. Fot. Mordzinski |
Día I
- agosto 27, 2007
- 5 Comments










